Sin miedo toco el humedo suelo puerteño, las lluvias espantadas con mi llegada han cesado y desde entonces que las horas apuntan hacia aquel día lleno de tradición popular, el éxtasis en mi sangre estuvo en mi con demasiada anterioridad, una inyección de rebeldía, una dosis de pasión y un pisca de euforia, para aquel día de Pratt que me esperaba con ánsias.
Ya la gran calle está limpia de gente inmunda y maloliente, sólo inunda el aroma intenso a café o raramente a pescado que caracteriza a estas jornadas especiales en Valparaíso. Entonces inicio mi recorrido desde la Bella Argentina hasta la Romántica Francia. Mientras hombres serios con rostros de funcionarios de la SS me observan celosamente, ante mi recorrido directo hacia el mar de gente descontenta, que me esperaba con el corazón inmerso en el ritmo de los pasos y las marchas de optimismo.
Estas almas cercanas y hermanas me acompañan en mi perversión: Cantando, danzando, ¡Qué bellas son las artes!. Pero el monstruo nos anhela en cada esquina, son grandes máquinas traga-hombres que lentamente mueren de hambre. Una brisa, una gran fuerza desmoralizadora suelta a estos perros rabiosos tornando el mar turbulento, sumando lágrimas, mareos y sensaciones de muerte en sus filas. ¡Quiero mirar! ¡Quiero Gritar! ¡Quiero Ser! pero ahogado en mi propia canción como un vil alimento, para esas grandes máquinas estatales terminé y silenciosamente, desperté.
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