Véndame los ojos, amarra mi cuerpo para que no quepa duda que mi alma es tuya, véndame los ojos y sujeta mis brazos, para que lo físico no interrumpa en nuestra unión, véndame y muérdeme, que tu interior crea que devoras cada pedacito de mi existencia, unámonos en este acto morboso y salvaje, y no te olvides de acercar tu oído a mi boca para que me escuches diciendo: "soy tu esclavo", y lo seré cada vez que me lo pidas y necesites.
Entonces llegará el momento en que mis manos quedarán libres, y mi vista podrá ver el sol del amanecer, y ahí me tocará a mí. Aquella sumisión nocturna a la cual fui sometido, motivará mi venganza, no podría permitirme dejarte tranquila, aunque tu cuerpo ya no pueda más. Las armas que fueron tuyas, ahora las poseo yo, tal cual yo te poseo a ti.
Es un juego, es una guerra, una constante disputa de poder de quién puede más que el otro, quién entrega más que el otro, y entre tanto sudor y lucha, ambos quedamos exhaustos, tendidos en aquellas sábanas blancas manchadas, yo con mis ojos cerrados, y tú, abrazada a mí con tu cabeza en mi hombro. A la final, nadie ha ganado ni perdido jamás, y gastaremos nuestro tiempo intentando descifrar lo bueno y lo malo de todo esto hasta que no exista el sol, aquel sol que nos avisa que ya ha amanecido, y que la gente normal ha empezado a vivir su miserable vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario